Yace un petirrojo en la llanura, mirando como amanece y nace un nuevo sol. De repente por su lado pasa lo más hermoso que ha visto: una pequeña colibrí que revolotea junto a él con coquetos movimientos. Su corazón late como nunca; extiende sus alas y por primera vez en su corta vida las utiliza y emprende vuelo con su nueva amiga. Siente que como él no hay nadie y que con sus alas raspa el estomago del imponente cielo.
Su compañera, de perfecto cuerpo, cada vez se desliza por el aire con mayor rapidez y por instantes se pierde; cuando la encuentra entre las flores primaverales ella lo golpea haciéndole perder el balance y él solo puede verla entre la confusión mientras su cuerpo se destroza y se desgarra al caer.
Ella se acerca y en repetidas veces picotea su cuerpo absorbiendo su alma, luego se aleja. El siente en su pico un sabor amargo: dos nuevos miembros casi cortando su lengua; se da cuenta que ha desarrollado colmillos. Mientras tanto, ve como por su lado pasa una hermosa azuleja y un instinto asesino se activa en su mente al sentir cómo desea también absorber su alma. Sin embargo, el dolor del pasado es más fuerte y se acerca a ella entre coquetos movimientos, sonriendo para sí, pues ya sabe cuál será el fin de la pobre azuleja.
Juan David Acosta


